
El problema es que la historia no puede ser tan bonita y simple. Si nos dejamos guiar por la superficialidad, uno pensaría “¡Oh! Los bonobos han encontrado la clave para vivir en paz, sin competencia ni estrés”. Pues resulta que eso no es del todo correcto. La solución de los bonobos no es algo generalizado en la naturaleza, por lo que uno tiende a pensar más bien que se trata de una excepción de la cual sería difícil hacer generalizaciones. Por brillante que nos parezca, los bonobos tienen los mismos problemas que los demás animales: machos buscando tantas hembras como pueda para mantener crías y hembras buscando a los mejores machos para sus crías; además del problema de paternidad: ¿Qué macho es el verdadero padre? ¿Por qué cuidar de un hijo ajeno o hacer que mi mona pierda tiempo criando un hijo que no es el mío? Son raciocinios como esos los que invitan al infanticidio, tan común en otros organismos. Por espectacular que parezca la solución, los bonobos no pueden abstraerse de eso, la lucha por la supervivencia y la reproducción diferencial a pesar de que se busque maximizar el éxito reproductivo.
¿Cómo logramos conciliar esto? La selección sexual consiguió un camino alternativo de competencia: los machos, en lugar de luchar entre ellos por las hembras, lo hacen sus espermatozoides. Los bonobos tienen unos testículos bastante grandes en comparación a su tamaño corporal, lo cual les permite generar un número bastante elevado de espermatozoides. Esto es importante si consideramos que las hembras son promiscuas y tienen sexo con todos y todas indistintamente de su ciclo reproductivo. Este comportamiento promiscuo genera incertidumbre en los machos, que no pueden estar seguros de ser o no el padre oficial. Lo único que pueden hacer es liberar una gran cantidad de espermatozoides en cada ocasión y dejar que sean ellos los que libren la lucha. Un fuerte contraste con animales cercanos filogenéticamente como los gorilas: los machos gorilas son sumamente grandes en comparación a las hembras, pero tienen unos testículos pequeños y una liberación de espermatozoides bastante reducida. Es el caso opuesto al de los bonobos: los machos pelean por las hembras y sus espermatozoides tienen asegurada la victoria.

Como un dato extra, los humanos estamos representados con una cruz, muy cerquita de los orangutanes. Estamos bastante lejos de ser como los chimpancés, por lo que la competencia entre espermatozoides debe ser mínima entre nosotros. Eso, sumado a nuestro leve, pero evidente dimorfismo sexual sugiere ciertos sistemas de apareamiento de nuestros antepasados que se´ra motivo de alguna otra entrada.
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