1 feb. 2012

Evolución de la preferencia de las hembras I: Selección Autoreforzante Fischeriana (modelo Runaway)

No tenemos forma de saber lo que piensan los animales ni si actúan conscientemente o no. Eso, además de generar que uno se vaya por la vía fácil de "son máquians de supervivencia casi automáticas", genera dificultades para averiguar el por qué se escogen ciertos rasgos para la pareja, pero ha habido esfuerzos en esa dirección. Ronald Fisher (1930) fue uno de los primeros que intentó explicar la evolución de las preferencias de las hembras y lo hizo sugiriendo que “una preferencia sexual de un tipo particular puede conferir una ventaja selectiva, y entonces, establecerse en la especie”.

El mecanismo funciona así: dentro de la población, las hembras tendrían preferencia por un rasgo particular de los machos (tomemos las colas largas como ejemplo). Si existe alguna base genética de las diferencias en el largo de la cola de los machos la ventaja será transmitida a los descendientes machos de la hembra. Las hembras que prefieran machos con cola más larga, tendrán hijos con mayor éxito reproductivo, y los alelos que codifican para largas colas tenderán a fijarse en la población, como también lo harán los alelos que hacen que las hembras prefieran machos con largas colas.

Cuando este proceso continúa se genera un nuevo efecto: una vez que la preferencia de las hembras por colas más largas comienza a propagarse, los machos de colas largas obtendrán una gran ventaja: tendrán más probabilidades de encontrar pareja. A su vez, las hembras obtienen un doble reforzamiento: tendrá hijos machos que serán atractivos para las demás hembras, y tendrán hijas que hereden el gusto por esos machos. Finalmente, Fisher sugiere que las preferencias de las hembras derivarán en una exageración explosiva del caracter hasta que éste genere un costo en términos de supervivencia para el macho que no compense su éxito con las hembras. A este proceso de autoreforzamiento se le llama “runaway” e involucra una coevolución entre el rasgo en los machos y la preferencia de las hembras.

La hipótesis fisheriana me recuerda en muchos aspectos a caprichos y modas en humanos: a las hembras les gusta un rasgo y van todos los machos babosos desarrollándolo. Pese a la simpleza de la hipótesis, demostrar que un rasgo evoluciona así es bastante complicado. Sería necesario mostrar que existe variación genética tanto para la preferencia de la hembra como para el rasgo del macho, y que los genes tienden a estar relacionados. El problema es que la hipótesis de Fisher asume que el único beneficio del rasgo seleccionado es un incremento en el éxito reproductivo, por lo que también sería necesario mostrar que la expresión del rasgo del macho no se correlaciona con ningún aspecto ‘utilitario’ de la eficacia darwiniana, tal como la resistencia a las enfermedades o la capacidad de hacerse con recursos escasos (como propone la hipótesis del hándicap, que será analizada en otra entrada). Dos maneras de examinar esta predicción serían:

a) Dentro de una población de machos, ver si una expresión más extrema del rasgo se correlaciona o no con la viabilidad

b) Examinar a los descendientes de los machos con rasgos extremos.

Según la hipótesis de Fisher éstos no deberían verse afectados en su viabilidad, sólo debería aumentar el éxito reproductivo de los machos. La dificultad con estas dos pruebas es que para apoyar la hipótesis de Fisher se necesita obtener un resultado negativo. Los resultados negativos pueden surgir por muchas razones, incluyendo no poseer una muestra suficientemente grande o no medir las variables apropiadas.

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